Como curiosidad, y aun a riesgo de dar a entender otra cosa, iniciaré el relato tal y como sucedió.
Todo empezó con esta pregunta: “¿Te gusta conducir?”.
Cuando una de mis acompañantes en el viaje a Aínsa (Huesca) me hizo tal cuestión sonreí por dentro, pues sabía que su inocencia iba más allá de un mero slogan publicitario. Dejé que una parte de mí guardara esa pregunta para que macerara en silencio. La primera toma de contacto había pasado de la típica charla de ascensor a niveles más profundos y de interés. Por ejemplo, cómo podrían ser los efectos trascendentales de la energía que uno emite o qué vamos a comer mañana.
Una vez estábamos todas dentro del inmenso BMW X3 Xdrive 30E dio comienzo el pequeño viaje.
Como suele suceder en estas escapadas tan breves e intensas, las agujas del reloj jugaban entre ellas a ver cuál reducía tiempos en cada vuelta, a la vez que se creaban instantes en los que se pausaba todo.
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Muchos planes surgían a borbotones de nuestros labios; es gracioso verse como gallinas espitosas con tanto entusiasmo. Sin embargo, sucedió algo inesperado que rompió todos los esquemas. Está claro que, cuando emprendes algo así, descartas cualquiera de las opciones que anulen esas posibilidades.
Por suerte, quienes coincidíamos en aquel mismo momento, como un electrón cuando revela su posición, sólo nos importaba compartirnos. El ritmo se tornó más lento y los planes dejaron de estar orientados hacia el exterior para ir hacia el interior.
Escogimos adaptarnos a la circunstancia en vez de discutirnos con ella. A veces parece que preferimos batallar contra el muro que encontramos, sin darnos cuenta de que, si lo bordeamos, podemos continuar el camino. Pero ¿cómo activar esa virtud cuando has recorrido tantos kilómetros?
En ese instante, algo dentro de mí se removió. Me incomodé, puse los ojos en blanco, como si ese gesto pudiera cambiar lo que estaba ocurriendo. Es curioso cómo, ante lo inesperado, reaccionamos como niños cuando se derrumba el castillo de naipes: con un rebufar automático, instintivo. Aunque, si lo pensamos bien, son precisamente los más pequeños quienes reconstruyen con más entusiasmo o simplemente cambian de juego.
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Engancharnos con lo que sucede nos acerca más a un humanoide cableado que a alguien con un interior que palpita y bombea. Y ahí, en medio de esa incomodidad, surgió una pregunta que me devolvió la perspectiva: ¿y si existiera otra posibilidad que no me he permitido contemplar?
Cerré los ojos. Visualicé una moneda en mis manos. Dejé de considerar tan solo las dos caras de la moneda para incluir una tercera opción: el canto que las une. Ese sencillo gesto, casi simbólico, me dio el aliento que amplía el espacio y da flexibilidad al cuerpo. Y, a su vez, a la circunstancia.
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La mirada cambió. No había cambiado nada fuera de mí, pero todo se había transformado por dentro. A veces, los nervios y las expectativas estrechan el campo de visión, reduciendo las posibilidades. En esos momentos, suelo alzar la vista al cielo, como buscando una señal que disipe el nubarrón que siento en las sienes. Hasta que me rindo. Y dejo que se vayan tal como vienen.
Con una sonrisa en el rostro llegan del recuerdo que los baches y los traqueteos dan vida a los acontecimientos. Regresé al presente en esa breve pausa que se había abierto para ver la situación con otros ojos, como si hubiera hecho un salto en el tiempo.
Eché la mirada atrás un instante para recordar lo divertido que uno se lo estaba pasando. No fue hasta ese momento que me di cuenta de cómo aquel BMW X3 30E Xdrive que estaba frente a mí, había pasado de impoluto a parecer sacado de una película de Indiana Jones.
Y, a diferencia de otras veces, en lugar de esconder la sonrisa tras un rostro serio y aparentemente más responsable, permití que se esta se ampliara y fuera más alegre.
Porque, cuando estás disfrutando, se te olvida que pueden pasar cosas, sin importar de qué color sean, pues todas ellas forman parte de la aventura.
Ya de regreso a casa, se abrió el cajón de preguntas y respuestas. Recordé aquella inocente pregunta con la que había empezado todo: “¿Te gusta conducir?”. La cual había formulado una de mis amistades, la misma persona que, había dado paso a todo aquel cambio de planes sin pretenderlo. O eso decía…
Llena de barro y disfrutando de aquel día gris, respondí la pregunta retórica con una sonrisa.
Supe entonces cómo ser consciente de cuanto tienes, hace que deje de importar lo que pueda surgir por el camino. Tras el anticuado rostro fruncido surge esa mueca juguetona que expande frente a ti un abanico de posibilidades con una sencilla pregunta:
“Y ahora, ¿hacia dónde?”.
Escrito por, Alexandra Cuquet.
AGRADECIMIENTOS
- BMW ESPAÑA












